¡Felices pascuas asesinos!
El primer ministro de Israel en un discurso hace unos días mencionó lo siguiente:
"Jesucristo no tiene ninguna ventaja sobre Gengis Kan, porque si eres lo suficientemente fuerte, despiadado y poderoso el mal vencerá al bien."
Esta "disputa" entre el "pueblo de Dios" y el hijo de Dios no es nueva. Quizás, en el evangelio de Juan en el capítulo 8 está registrado unos de los pasajes más controversiales de la Biblia entre el hijo de Dios, quien le dice al "pueblo de Dios" lo siguiente:
"Ustedes son hijos de su padre, el diablo, y les encanta hacer las cosas malvadas que él hace."
En esta ocasión, el hacedor de milagros, capaz de resucitar muertos y bondadoso se muestra lapidario, contundente, frontal y directo. Así fue Jesús con los líderes del pueblo que decía ser "el pueblo de Dios".
La escena parecería ser una simple vacía y banal disputa religiosa por el poder y la autoridad de aquel momento, pero es más que eso. Se suponía que este encuentro era el más esperado de la humanidad porque Dios les había enviado a muchos profetas y el pueblo de Dios los había matado simplemente porque no les gustaba ni el mensajero, ni el tono ni el mensaje. Así que este, era el momento perfecto para reconciliarse con el mismo Dios, conectar con él y hacer las paces, era el momento exacto para admirar y adorar a ese ser cargado de magnetismo y humildad, pero Jesús era demasiado sencillo para las expectativas del Dios libertador que ellos esperaban.
El encuentro toma un giro inesperado. Cristo nos muestra el perfil del ser humano (religioso) encarnado en los fariseos, gente perversa al extremo a veces convertidos en basura humana. Líderes sin autoridad abusando de ella para beneficio propio y de sus allegados, gente falsa llena de un odio frenético que le sonreía de dientes hacia afuera, pero por dentro anhelaban que estuviera muerto. Era gente llena de deseos de muerte sembrados por el propio satanás, gente traicionera llena de celos y perversidad.
Se suponía que la venida de Cristo traería paz al mundo, pero algo salió mal. Los fariseos estaban poseídos por una envidia enfermiza, se alegraban del mal de su prójimo, les encantaba tentar al propio Dios, su maldad brotaba del mismo corazón de la estirpe religiosa llena de "bondad".
Los fariseos no eran buenas personas y odiaban a cristo porque no podían superar su liderazgo, ni su carisma, ni su bondad, ni sus obras. Mientras más lo menospreciaban, más crecía su autoridad su nombre y sus obras. No podían resistir su mirada porque Dios conoce las miserias de cada ser humano. Esa envidia los llevó a querer verlo muerto y como ni siquiera tenían la valentía de hacerlo por ellos mismos, presionaron a las autoridades romanas para que crucificaran al hijo único del Dios que los protegió siempre.
Es un acto profundamente miserable de una bajeza incalculable que solo podría venir de gente muy mal agradecida contra el mismo Dios que siempre les tendió la mano. Llenos de su estúpido orgullo y putrefacta arrogancia se creían linaje de Abraham y ese orgullo no les dejaba ver que tenían frente a ellos al mismo creador del universo que venía con un mensaje de paz y reconciliación.
Y Jesús vuelve a dispararles a quema ropa y les dice que:
"Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais, pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios".
Jesús lanza un veredicto, que no es algo que el cree sino, que termina siendo el resumen de miles de años repitiendo la historia de Caín y Abel.
Los fariseos heridos en su orgullo solo atinan a denigrarlo, dando a entender que el mismo hijo de Dios es fruto de una relación pecaminosa e ilícita y finalmente lo acusan de estar endemoniado.
Este pasaje es interesante, porque Cristo era el mismo Dios, como ese yogur que viene con hojuelas de maíz, que son dos separados y uno a la vez y que le toca presenciar en carne propia, frente a sus hijos, la rebelión de su propia creación.
Debió ser frustrante para el gran jefe recibir de su propia creación, la quemazón del rechazo de alguien que amas con amor eterno y que su retribución solo sea el deseo de ver muerto a tu propio hijo por la misma envidia que llevó a los hermanos de José a querer matarlo para quitarle su túnica de colores, quizás marca Ferragamo. Es la figura de un padre que levanta a su hijo y cuando su hijo está arriba, lo olvida o peor aún, lo denigra.
Esa hipocresía religiosa se ha normalizado en nuestros días. Un domingo de ramos, cuando se celebra la entrada triunfal del hijo de Dios, la gente se pone la mejor ropa, quizás un buen perfume. Lo extraño es que esa entrada triunfal es en medio de la guerra. A nadie le molesta los niños muertos mientras no sean los suyos.
El mundo está lleno de indiferencia y de una total falta de empatía por el dolor ajeno. Y mientras vivimos en nuestra burbuja, de cosas muy urgentes, un pueblo que se dice ser el pueblo de Dios está atacando de manera artera por la espalda a otros pueblos en el nombre de un Dios santo y bueno.
Seguramente Cristo no se equivocó con el nivel de rapacidad de esta gente. Están acostumbrados a matar a gente buena e indefensa. Esto sucede frente a todas las potencias del mundo y frente a un sistema internacional que guarda un silencio tan escandaloso que avergüenza. Es el momento exacto para saber que todo el sistema creado por las potencias ganadoras de la segunda guerra mundial ha llegado a su final. La ONU, el Consejo de Seguridad, la OTAN o NATO, la carta de los derechos humanos, la reciprocidad y el respeto mutuo mínimo entre estados. Todo ha sido violentado sin razón ni lógica por los mismos que pusieron esas reglas y al final resulta que los agredidos son los violentos y que los agresores son los mensajeros de la paz.
Nadie puede estar a favor de la guerra, la fuerza y la violencia y callar nos hace cómplices porque los niños y adolescentes muertos en Gaza, Beirut o Terán podrían ser tus hijos. Me rehúso totalmente a creer que cualquier genocidio no nos incomode.
Vivimos en una época muy confusa. Igual que en la época de Cristo los fariseos se creían lo suficientemente poderosos para no acatar las leyes, ni respetar las reglas, ni el honor. A esta gente no le parece bastante llevar la sangre del Cristo sobre sus manos, sino que tiene más sed de sangre inocente, se acostumbraron a matar a los profetas que Dios mismo les enviaba para que recapacitaran y finalmente se le ocurrió a Dios, la brillante idea, de enviar a su propio hijo, el único que tenía, pensando como un Dios tierno y amoroso que respetarían, obedecerían y cuidarían a su propio hijo, pero como es un pueblo malvado, decidieron matarlo, golpearlo, humillarlo, escupirlo y exhibirlo desnudo ante el mundo. Cristo es el salvador del mundo por ese sacrificio, pero también es el ejemplo de lo que el ser humano es capaz de hacer por odio.
Así que, la entrada triunfal del hijo de Dios a su tierra no tiene mucho sentido porque estamos "honrando" a Dios mientras está siendo asesinada gente inocente. Al parecer los únicos que están felices son los que creen que el mal vencerá al bien. Lo peor de todo esto es el silencio de la gente que presenció todo lo que le hicieron al Cristo y que siguen presenciando la maldad como una noticia más anunciada por cualquier noticiero.
Así que: ¡Felices pascuas a los asesinos del Cristo!

La extraña pascua
Cristo no solo es paz, también es tensión y confrontación.